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martes, 26 de junio de 2012

Día de balance...

Ayer no fue un buen día y nada me indica que hoy vaya a ser un día mejor.
Víctima de la desesperación ayer sentí la necesidad de inaugurar este blog donde vomitar todo el dolor que siento. 

Estoy en un momento de mi vida muy delicado. Mi familia está lejos, no tengo trabajo, estoy haciendo unas prácticas en una empresa fantasma qué, después de un mes, todavía no sé a qué se dedica exactamente y, el motivo central de mi traslado a la capital de España, se ha desvanecido sin más. 
Todo se recrudece cuando después de dos meses de separación seguimos compartiendo casa.
Cuanto menos es una situación tensa que, a lo largo de las semanas, habíamos conseguido atemperar, hasta hace unos días que se volvió a desatar la tormenta. 
¡Ni Woody Allen hubiese soñado un guión mejor!

Llegar a un equilibrio con la persona que quieres, aún a sabiendas de que se va a marchar, no es nada fácil. Los nervios, tarde o temprano, afloran y pasan factura. Un precio tan alta que, en ocasiones, se paga con la estabilidad emocional. ¡Y es que no es para menos! 

Diez años de relación no han sido lo que precisamente entendemos como un camino de rosas ni tampoco totalmente de espinas. Hemos tenido momentos maravillosos y momentos de desolación, como este que vivo yo ahora mismo. Hemos disfrutado de las ventajas que nos ha puesto la vida y hemos sido muy felices. Nos hemos querido con locura, admirándonos el uno al otro, protegiéndonos, amándonos y, sobre todo, siendo compañeros en una misma senda.
Todavía recuerdo como nos conocimos y como sentamos los cimientos de una relación por la que nunca nadie apostó más de un verano. Sorteamos mil trabas, entre ellas una etapa larga, dura y amarga de distancia y, cuando al fin, conseguimos encontrarnos bajo un mismo espacio de tiempo y espacio, todo se esfuma como si no hubiese existido nada jamás.
No tengo conocimientos técnicos sobre la conducta del ser humano pero, estoy casi segura, que este modo de proceder se escapa de la lógica, la razón y de la ciencia.

En noviembre nos mudamos a vivir a las afueras de Madrid. Como todo cambio, requiere de un proceso de adaptación que, en mi caso, no supe superar hasta que nos trasladamos en febrero al centro de Madrid. En su momento, quizás, no supe valorarlo. -Pero he de reconocer que, sacrificar la comodidad de llegar al trabajo en 15 minutos y tener a los compañeros de trabajo por la zona a cambio de una hora de metro y viviendo en el centro, fue todo un gesto por su parte.- El traslado en mi supuso un halo de aire fresco que, sin duda, necesitaba llevar a cabo. De hecho, Madrid me ha brindado encuentros, cursos, ofertas y contactos que desde las afueras no hubiese sido capaz de conseguir. 
Por fin parecía que todo marchaba bien.Yo tenía iniciativas, estaba descubriendo la ciudad y me sentía preparada para volver a entregarme de nuevo. Dubitativa pero ilusionada, sentía que podía entregarme al hombre que tantas veces me había dejado y me había arrojado al vacío sin motivo alguno. Toda una oportunidad que me ha brindado la posibilidad de levantarme cada vez de torres más altas para volver y volver a caer. Así me encuentro. Debatiéndome entre el desequilibrio y la cordura. Cada vez que retomo las riendas de mi vida, irrumpe otra vez para no sé qué exactamente... A veces me pregunto si destruir a una persona cuando se ha tenido que reinventar a si misma es una nueva forma de sadismo...

En fin, cuando todo parecía tomar forma, en cuestión de semanas hubo un cambio actitudinal. Comenzaron los desplantes, las ausencias y los coqueteos en diferentes redes sociales, seguido de las broncas, los desprecios, las noches en vela, las interminables ojeras... todo aderezado de bajo rendimiento, agotamiento físico, cansancio mental y, cómo no, apareció la maldita ansiedad.
Un panorama  de todo menos idílico y que, meses atrás, no hubiese podido imaginar.


Me siento desgarrada por dentro, como si me hubiesen quitado el corazón y me hubiesen colocado una bomba sin tempo definido. Y sé que en algún momento explotará. Y cuando eso pase, ¡no sé qué pasará! Todo depende del tiempo. Maldito tiempo que nos pide paciencia a cambio de tormento... 


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